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ITALIA TIMES

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DANTE TIMES

Lo que no te enseñan los libros de italiano

La primera vez que aterricé en Italia pensé, con cierta ingenuidad, que sabía algo del país. Había estudiado su lengua, visto su cine, leído sus libros. Creía que eso era suficiente. Pero Italia no solo entra por los ojos.


Lo primero que escuché fue una discusión. O al menos eso creí.


Dos hombres gesticulaban frente a una cafetería en la estación Termini en Roma. Las manos volaban, las voces subían, los “ma che stai a di?” se mezclaban con el ruido del próximo tren y esa voz mecánica que retumba en el andén “allontanarsi dalla linea gialla”. 



Para cualquier latinoamericano, aquello tenía todas las señales de una pelea, pero cinco minutos después los dos fumaban juntos, discutiendo el partido de la noche anterior en el Estadio Olímpico, riéndose como si nada. Ahí entendí algo que ningún libro me había explicado, en Italia la intensidad no es conflicto, es simplemente otra forma de ver el mundo.


Y luego están los dialectos. Porque en Italia el enojo, la alegría y hasta el cariño suenan distinto dependiendo de dónde nacieron tus abuelos. Hablar en dialecto no es cambiar palabras. Es cambiar de piel.



En Nápoles eso se vuelve evidente desde el primer minuto, una ciudad caótica, gloriosa, desbordada donde las reglas de tránsito parecen simples sugerencias, motocicletas que aparecen en sentido contrario, cláxones y voces que atraviesan las calles estrechas. “Ma addó vai? Si' pazzo!” entre el tráfico es lo cotidiano. 



Los comerciantes de los Quartieri Spagnoli te llaman desde sus puestos con frases rápidas, “Vien'cca”, que no es agresividad, es una invitación a probar la mejor pizza frita de tu vida.



Luego llegas al norte cargado de clichés. La idea de que mientras más subes en el mapa, más fría se vuelve la gente. Mentira.


En Milán, a eso de las seis de la tarde, alguien te dice “Amo, andiamo a fare ape” el aperitivo en el “nord” es un ritual, sentarse en una terraza cuando el trabajo ya no importa, pedir un Aperol, un Negroni, lo que sea, y quedarse ahí el tiempo que haga falta, sin apuro, sin agenda, solo a recuperar el día, ritual de los Milaneses que te arrastran con ellos como si te conocieran de toda la vida, porque esa es exactamente la idea.



Italia vive en sus variantes, en sus acentos, en las palabras que cambian cada cien kilómetros. No en los museos, no en las guías de viaje. En los tipos que discuten en Termini y terminan hablando de fútbol, en los cruces peatonales de Nápoles, en esa terraza milanesa a las seis de la tarde con un vaso frío en la mano.


Una vez que entiendes eso, ya no hay vuelta atrás.

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