Un gelato en la plaza
Mira. Todo el mundo te va a decir que el mejor gelato de Roma está en tal o cual callejón secreto que solo conocen ellos y tres turistas más. Yo no voy a hacer eso. Te voy a contar la verdad, que siempre es más complicada que cualquier lista de "los diez mejores".
Empecemos por lo obvio, porque a veces lo obvio también tiene su mérito. Fontana di Trevi. Sí, ese gelato de turista, el que compras en cualquier gelateria a metros de la fuente, con el mostrador lleno de sabores de colores imposibles. ¿Es el mejor gelato de Roma? No. ¿Es memorable? Absolutamente. Lo comes con el agua brillando detrás y con la multitud empujándote, exactamente donde se supone que debes estar la primera vez que pisas esta ciudad. Todo turista debe vivirlo una vez. Después ya no.

Porque después, si tienes suerte, alguien te lleva a Trastevere. Al Bar San Calisto. El "Sanca", le dicen los que ya se ganaron el derecho de llamarlo así. Un bar que lleva desde 1969 sirviendo Peroni a precio de supermercado y gelato casero en esos contenedores de metal, sin pretensiones, sin coreografía para Instagram. Los viejos de la plaza siguen ahí jugando a las cartas como llevan haciéndolo desde antes de que tú nacieras, pero el que te sirve el gelato es otro, un tipo alto detrás de la barra, que despacha la coppetta sin perder el ritmo de la conversación que tiene con el de al lado. Ahí no vas a encontrar sabores con nombres de diseñador. Ese es el gelato que se come sin prisa, viendo pasar la vida real de Roma. Ese es el que se queda.

Después Florencia. Otra historia, otro atardecer. A Emilio, o "Milo" le dicen sus amigos, ya lo conocía de antes, así que cuando supo que llegaba a su ciudad, quedamos de vernos en Ponte Vecchio, y llegó con un grupo de amigos, así que fuimos todos juntos por un fior di latte antes de subir a Piazzale Michelangelo, donde puedes mirar toda la ciudad.

Nos sentamos a ver el tramonto con los conos en la mano, y un artista callejero tocaba, de todas las canciones posibles, "Tu si a fine do' munno" en napolitano. En Florencia. Ni idea por qué, pero esa tarde era el hit del momento, a veces un viaje se te queda grabado no por el monumento, sino por la canción que sonaba de fondo mientras estabas ahí con la gente correcta.

Y por último, Milán. La despedida. Alessia me llevó a una gelateria cerca del Arco della Pace, esa que hace un pistacchio que te cambia la vida. Comimos ahí, sentados frente al arco, la tarde antes de mi vuelo de regreso a México. Y como cuando no quieres que algo termine, nos prometimos volver a ese mismo punto, frente al mismo arco, algún día.
Y aquí está lo bonito de esta historia, lo que no siempre pasa, cumplimos la promesa. En diciembre volvimos a pararnos frente al Arco della Pace, con otro gelato en la mano, como si el tiempo no hubiera pasado.

Eso es lo que un gelato en la plaza realmente es. No es azúcar y leche fría. Es la excusa perfecta para que alguien, un desconocido, un amigo, una promesa, se quede contigo un rato más.





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