El tren que no tomé
- Eduardo Montoya
- 6 ore fa
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O cómo un retraso entre Florencia y Milán me enseñó algo muy valioso sobre el tiempo. Tenía el tren a las 11:42. Lo perdí. Y fue la mejor cosa que me pudo pasar en mucho, pues con ese desafortunado evento llegaría una gran lección.

Era la última mañana en Florencia antes de seguir a Milán. Llevaba días caminando con prisa por la ciudad, como queriendo pasar por cada una sus calles, comiendo en los restaurantes que el algoritmo te muestra, durmiendo en trenes para aprovechar los trayectos, unas vacaciones de las que uno planea con cuidado y luego, en el momento, cree disfrutar sin culpa. Llegué a la estación de Santa Maria Novella con lo justo, vi el tablón y leí la palabra que ningún viajero quiere ver “Cancellato”. El siguiente tren salía en tres horas.

Guardé el teléfono en mi pantalón y salí a caminar. No había nada urgente que atender, alguna parada turistica que me faltara fotografiar, solo tres horas sin forma, sin destino.

A dos calles de la estación encontré un bar sin nombre. Entré porque olía bien, me senté en la barra y pedí un espresso, fue entonces cuando noté al hombre a mi izquierda, tendría setenta años, boina, lentes y una chamarra café, manos grandes sobre el mármol. No tenía teléfono, no leía, no hacía nada que yo pudiera describir, miraba hacia adelante con una expresión que no era tristeza ni aburrimiento, presencia pura, la de alguien que no está dividido entre donde está y donde deberá estar mas adrlante.

El barista le trajo otro espresso sin que él lo pidiera, se lo tomó en dos sorbos, yo terminé el mío de un trago, como siempre, y me quedé con las manos vacías, pedí otro. Esta vez me lo tomé despacio.
Me quedé ahí un rato largo, sin razón particular. En algún momento el hombre se levantó, dejó unas monedas en la barra y se fue. Nunca supe quién era ni a qué iba. Pero algo en su manera de ocupar ese espacio, sin justificarse, sin apurarse, se me quedó grabado de una forma que todavía no sé explicar del todo bien.
Tomé el tren siguiente, llegué a Milán, seguí con el viaje, pero algo había cambiado, empecé a quedarme en las mesas después de terminar de comer, escuchando las conversaciones de alrededor sin entender casi nada, simplemente disfrutando del sonido del italiano, a pedir la cuenta solo cuando yo estuviera listo.

Volví hace ya varios meses. La vida retomó su ritmo, como siempre, pero quedó algo de esa mañana en Florencia, el instinto de preguntarme si lo que estoy a punto de hacer merece atención completa o si simplemente voy de paso por ello.
No siempre tengo la respuesta, pero el hecho de hacerse la pregunta ya es algo.





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