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Tito Labieno, el legado olvidado

Actualizado: 6 jun

Un general romano se encuentra en su tienda de campaña la noche de un 16 de marzo (45 a.C.), en algún lugar al sur de España, a la luz de una vela por extinguirse, mira un pequeño mapa ideando la estrategia para la batalla que se aproxima al amanecer. Ansioso, pero no preocupado, le muestra su estratagema a su comandante, Pompeyo el Joven, hijo de Pompeyo Magno, quien había sido su tutor y guía.


El general Tito Labieno conoce a su enemigo, probablemente mejor que ningún otro en esta contienda, porque aquel con quien se enfrentará, fue su jefe y amigo, por lo menos hasta que regresaron de las Galias.


Ahora está amaneciendo, y sus tropas se forman en una colina en Munda, en lo que hoy en día es Andalucía. Labieno está confiado, supera a su enemigo en número y tiene la ventaja del terreno, ve formar al ejercito enemigo detrás de un río, y conociendo la estrategia agresiva de su adversario, sabe que atacará primero y tendrá que cruzar el río, poniéndolo en desventaja.


Mientras Labieno ve cómo las fuerzas enemigas comienzan a cruzar el río, recuerda el momento en que su amistad con Julio César, con quien se enfrenta ahora, llegó a su final. De repente su mente deja de estar presente en ese campo de batalla y se traslada a las orillas del río Rubicón hace 4 años. Es de noche y el viento fresco agita el agua del Rubicón, Labieno acompaña de cerca a Julio César, y detrás de ellos sus legiones, Labieno sabe que el cruzar el Rubicón con el ejército significará que están invadiendo ilegalmente Roma, su hogar, decisión tomada por César para obtener el poder absoluto de la capital.

Pero no sólo están traicionando a Roma, sino a Pompeyo Magno, quien en ese momento cuidaba la capital y fuera tutor de Labieno, así como amigo y cuñado de César, éste último se adelanta para cruzar solo el río. Labieno está decepcionado de su general y se le hiela la sangre al escuchar el agua agitarse al paso del caballo de César, quien, una vez del otro lado, dice las siguientes palabras “La suerte está echada”, ya no hay vuelta atrás.



“La suerte está echada”, repite Labieno las mismas palabras que hace años pronunció César esa noche en el Rubicón, mientras este hace cruzar su ejército a través del río en Munda, Labieno tiene el control del flanco derecho, mientras que el centro está protegido por su caballería y el izquierdo por Varo, otro general de Pompeyo, la balanza está inclinada hacia la victoria de Pompeyo y sus dos generales.


Han pasado un par de horas y ambos ejércitos romanos han sufrido muchas bajas, algunos soldados de César han desertado, cosa que no pasaba a menudo, y en la desesperación, César se adelanta al flanco más débil con su guardia personal para alentar a sus hombres y darles valor. Labieno, viendo que César está al alcance de los proyectiles de sus arqueros, ordena una oleada tras otra de flechas, con la intención de eliminarlo, pero no lo consigue. Sabe que el conflicto de esa Guerra Civil entre romanos, que ha durado más de 4 años, debe terminar en aquel campo, así que envía a sus legiones a cargar hacia ese flanco donde se encuentra César.


Hay algo que no está bien, algo inquieta a Labieno, la batalla se está ganando con bastante facilidad, ¿sería posible que venciera a su antiguo comandante? Pocas veces había visto perder una batalla a Julio César, en ese momento recordó cuando peleaban juntos en la Galia y sus ejércitos se habían separado, Labieno fue encomendado a acabar con los celtas que controlaban Lutencia (lo que ahora es Paris), mientras César decidió intentar tomar Gergovia (capital de sus enemigos galos), siendo este derrotado por los galos y debiendo regresar a pedir el apoyo de Labieno, quien había tenido éxito en su tarea.


Regresando a su actual batalla, pregunta a uno de sus centuriones ¿Dónde está la caballería cesariana? Buscaba con la mirada la décima legión ecuestre, el mayor orgullo de César, pero no lo lograba. Cuando una flecha impactó a su centurión, que se encontraba a su derecha, tuvo que voltear hacia ese flanco y se percató que una nube de polvo se alzaba a medio kilómetro de distancia, era la décima legión ecuestre, que pretendía rodearlos y atacarlos por la retaguardia, por lo cual, Labieno dirige a dos legiones que apoyaban su flanco derecho para defender la retaguardia.


Retroceder ante el peligro, da por resultado cierto, aumentarlo. Al ver que Labieno se movía a la retaguardia con dos legiones, sus hombres, que se encontraban en la primera línea combatiendo al enemigo y al mismo César en persona, interpretaron la estrategia de Labieno como una retirada.


No es sorpresa que la moral de los soldados se haya caído en picada, el miedo es una especie de virus, que una vez empezado el contagio, si no se controla, se propaga con facilidad. Cansados y con miedo, el flanco derecho del ejército pomeyano comienza a desmoronarse, y como fichas de dominó, las legiones de Pompeyo caen. Labieno mira cómo la mitad de su ejército huye y la otra mitad es masacrada, mira a sus centuriones, y sin decir palabra se lanza hacia los hombres de César, siendo impactado por una pillum (lanza utilizada por los legionarios para usarse como proyectil).


Pierde el control de sus sentidos, cae al suelo junto a los cuerpos de sus soldados, siente como si fuera un terremoto el golpe de las pisadas de miles de soldados enemigos que avanzan pasándolo de largo, muchos de esos soldados alguna vez estuvieron a su mando, alguno lo reconoce, pero ninguno se atreve a voltear a verlo. Una presión de mil montañas le aplasta el pecho, es la pillum incrustada en su pulmón izquierdo, sabe que su vida llega a su final.


Cierra los ojos, pero el ruido de unas pisadas de caballo hace que los vuelva a abrir, y mira al jinete “Lo siento, mi César, te traicioné, pero no podía permitir que un dictador gobernara Roma”. Los ojos de César no brillan por la victoria, no brillan por el alivio del fin de la batalla, no brillan por ver moribundo a su enemigo, brillan por lágrimas de tristeza. Esas lágrimas tenían el mismo sabor que las que derramó cuando sus “aliados” egipcios le entregaron la cabeza de su antiguo enemigo Pompeyo Magno, padre de Pompeyo el Joven, quien es líder del ejército que ahora se retiraba. César baja de su caballo y sostiene la mano de Labieno “amigo mío, hiciste lo que creíste correcto, no me traicionaste, porque sólo aquellos que dejan a su superior errar a sabiendas, merecen pena como traidores, cuando cruzamos el Río Rubicón y te puse a ti en una incómoda situación, intentaste convencerme de lo contrario, pero te prometo que Roma volverá a brillar, y tú amigo mío, serás elevado por los dioses, por luchar hasta el fin por lo que creías correcto, ahora descansa.”


El 17 de marzo del 45 antes de Cristo, en las colinas de Munda, muere Tito Labieno, quien luchó a un lado de Julio César en sus conquistas de la Galia, convirtiéndose en su mano derecha, aún más confiable y con mayor respeto que el famoso Marco Antonio. Volviéndose en contra de César cuando éste le declara la guerra a Pompeyo Magno y al senado de Roma.


#Italia #Historia #Roma



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