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Campos Piadosos

Actualizado: 6 jun

¡Anfipione, ven a ayudarme, no te quedes allí parado! – gritaba Anapia a su hermano, quien se había quedado mirando las nubes, le extrañaba la forma que tenían, se consideraba a menudo el arquitecto de las nubes, el escultor de esas masas de cristal de agua, mismas que se subordinaban a la imaginación del joven, formando las imágenes que él quería. Pero esta vez era diferente, por más que lo intentaba esa mañana las nubes le desobedecían, se agitaban y se desbarataban.


Un pedazo de tierra dura le calló en la cabeza, proyectil que su hermana Anapia le había lanzado para llamar su atención, ya que quería terminar de recoger la cosecha de verano antes de que oscureciera. A las faldas del Monte Etna, en Sicilia, vivían los dos hermanos con sus padres, a pesar de que no eran los únicos habitantes del valle, era una familia bastante solitaria, pero en gran medida unida y feliz. Cuando ella nació, según cuenta su madre, apretó con su pequeño puño el dedo de su padre, y desde entonces pareciera que jamás lo hubiera soltado. Su padre tenía la firme creencia que, en virtud de que sus hijos pudieran regar su tumba, tendría que ahorrarles todas las lágrimas posibles, por lo cual había un amor muy grande entre los cuatro.


Llegó la noche, y como era costumbre, Anfipione miraba acostado las estrellas en la azotea de su casa, mientras sus padres y hermana ya dormían, las nubes rebeldes se habían ido y el manto estelar libraba una guerra de luces naturales, la luna poco podía hacer contra las miles de estrellas que la rodeaban y opacaban. Pero de nuevo algo despertó su curiosidad, una nube negra comenzó a cerrar el telón de tan sublime espectáculo, una nube como nunca antes había visto, era más oscura que la noche, y parecía que no tenía fin, por lo que se puso de pie y buscó el origen de esa nube, hasta que sus ojos se encontraron con el Monte Etna, y vio una humareda salía de la cima, y como si le cayera un trueno, se iluminó.


La tierra se sacudió y el monte comenzó a escupir fuego, como si el infierno hubiese encontrado la ruta hacia la superficie. Rápidamente Anfipione despertó a su familia, tenían que huir de allí. Sus padres eran personas de avanzada edad, para caminar requerían siempre algún tipo de apoyo, por lo que cada hermano cargó a uno de ellos y emprendieron la huida. Los padres al ver como bajaba rápidamente la lava del monte, le pidieron a sus hijos que ellos se salvaran y que los dejarán allí, pero los hijos no consideraron ni por un momento esa sugerencia.


Mientras se alejaban de allí, veían a otras familias correr despavoridos, algunos de ellos con carretas, lo razonable hubiera sido subir a los padres a una de esas carretas para

salvarlos, pero se generó un miedo colectivo, y el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son, por lo que la gente prefirió huir antes que apoyar a los hermanos que llevaban a sus padres a cuestas y se movían mucho más lento que los demás.


Por segunda vez, los padres les pidieron a sus hijos que los dejaran allí, al sentir el calor de la lava que no tardaba en llegar hasta ellos, pero de nuevo ellos se negaron y siguieron. Vieron a lo lejos su pequeño pueblo convertido en el infierno, las casas aun de pie, estaban envueltas en llamas, su cosecha para siempre perdida, y los padres comenzaron a sentir la vergüenza de ser el motivo por el que sus hijos morirían. Así que de nuevo, y con voz grave y dictadora, el padre ordenó a sus hijos que se detuvieran. Ambos pararon la marcha.

“Hijos míos, a ustedes les pertenece el mundo, y nosotros debemos unirnos a la tierra que tanto nos dio, los amamos, y siempre los amaremos, en esta vida y en la siguiente, pero por favor, corran.” Mientras decía esto una lágrima recorrió sus arrugadas mejillas, lágrima que se evaporo con el calor de la lava que se encontraba a unos pasos de ellos, preparada para devorarlos.


Es una cualidad innegable, e incluso fundamental del ser humano, que ante la extinción, cualquier otra alternativa es preferible, los hermanos se miraron con cierto dejo de complicidad, sabían que su padre tenía razón, y que su misión de salvarlos fracasaría, que solo postergaban lo inevitable. Así que, sin decirse una palabra bajaron a sus padres de sus lomos, pero no se despidieron, tampoco corrieron, en vez de eso los abrazaron, haciéndoles saber que se quedarían con ellos hasta el final, por más corto que fuera.


A lo que más tememos, es a nuestro propio miedo, a la incertidumbre, al no saber qué va a pasar, cuando la familia se unió en un abrazo, dejaron de sentir miedo, estaban juntos, y a pesar del insoportable calor, se sentían en paz. La lava llegó hasta donde estaban ellos, y los cuatro cerraron los ojos, pero no sentían dolor o ardor, su ropa no se quemaba, como una roca que se encuentra en medio de un río, la lava pasaba a un lado de ellos sin tocarlos. Fue el amor de esa familia al que las llamas se sometieron, respetando el poder más grande del universo, no existe fuerza más pura que la de un ser que está dispuesto a ofrecer lo único que es suyo por otra persona, la vida.


Esta es la leyenda siciliana de Anfipione y Anapia, una de las más conocidas en Italia, tanto así que se levanto un monumento en honor a estos hermanos que sin pensarlo decidieron arriesgar la vida por sus padres, monumento que se encuentra en un lugar conocido como Campi Pii (campos piadosos).


#Italia #Historia #Cultura



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