Giacomo Leopardi: La visión de un amor humano.
- Eduardo Montoya
- 6 feb
- 2 Min. de lectura
En febrero todo se pinta de rosa, flores, corazones, chocolates y promesas de amor eterno. Pero ¿qué pasaría si miramos el amor desde un lugar menos cursi y más real? Para eso vale la pena asomarnos al universo de Giacomo Leopardi, poeta y filósofo italiano nacido en 1798 en Recanati, muy cerca del Mar Adriática, que entendió el amor no como un cuento de hadas, sino como una experiencia intensa, hermosa y complicada.

Leopardi fue uno de los grandes nombres del Romanticismo italiano, aunque bastante distinto a la idea típica del romántico soñador. Desde joven se formó leyendo sin descanso en la enorme biblioteca de su familia y construyó una obra profunda, llena de preguntas sobre la vida, el deseo, el sufrimiento y la felicidad. Sus poemas famosos como L’infinito, muestran a un autor que no se conformaba con sentir, sino que quería entender por qué sentimos. Y en ese análisis, el amor ocupa un lugar clave.

Para Leopardi, el amor nace como una ilusión, no en el sentido de mentira, sino como una fuerza vital. Los seres humanos necesitamos creer en algo para seguir adelante, y enamorarnos es una de las formas más poderosas de hacerlo. Cuando amamos, sentimos que todo es posible, que la vida puede ser más grande, más intensa, más luminosa. En poemas como A Silvia, la persona amada representa no solo a alguien concreto, sino a la juventud, los sueños, las expectativas de un futuro mejor. Amar, entonces, es proyectar nuestros deseos más profundos en otra persona.

El problema, y Leopardi lo sabía bien, es que esas ilusiones casi nunca duran para siempre. Con el tiempo, la realidad se impone y el golpe duele. No solo se pierde al ser amado, sino también la versión ideal de la vida que habíamos imaginado. Por eso, en su obra, el amor suele ir acompañado de nostalgia, recuerdos y una sensación de distancia. Muchas veces se ama más desde la memoria que desde el presente.

Sin embargo, Leopardi no dice que debamos dejar de amar. Al contrario. Aunque el amor no garantiza felicidad eterna, sí tiene un valor enorme. Nos hace sentir vivos. Quien ama, siente más. Y quien siente más, vive con mayor intensidad, aunque eso implique también sufrir más. Para Leopardi, el dolor no convierte al amor en inútil. Lo vuelve profundamente humano.

Su visión puede parecer pesimista, pero en realidad es sorprendentemente honesta. Leopardi no vende fantasías, pero tampoco desprecia el amor. Lo entiende como un destello, breve, frágil, imperfecto, pero capaz de iluminar la existencia por un momento.
Tal vez por eso, en medio de tantos discursos sobre el amor perfecto, leer a Leopardi resulta refrescante. Nos recuerda que amar no es ganar un premio ni alcanzar una meta final, sino aceptar la experiencia completa, la emoción, la ilusión, el miedo y, sí, también la posibilidad de sufrir. En este febrero, su mensaje sigue siendo actual. El amor no es eterno, pero es necesario. Y a veces, eso es más que suficiente.





Comentarios