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ITALIA TIMES

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DANTE TIMES

Italia: un país de mil personalidades

Viajar por Italia termina siendo una lección constante sobre la gente, uno llega pensando que va a descubrir monumentos, iglesias, museos o platos de pasta, pero al final lo que verdaderamente cambia conforme avanzas de región en región es la manera en que las personas viven, hablan, comen, se relacionan y entienden el tiempo.


Mi primera gran sorpresa ocurrió en Roma.


Aterrice en la capital italiana esperando encontrar la postal clásica, el Coliseo, la Fontana di Trevi, las calles de Trastevere llenas de turistas. Y sí, todo eso está ahí, pero después de unos días entendí algo curioso, en realidad, es difícil encontrar la Roma auténtica en medio de la Roma turística, mi primera gran sorpresa fue descubrir que casi nadie hablaba italiano alrededor mío, la ciudad se convirtió en un destino tan global que muchas veces parece estar funcionando para quienes la visitan, no necesariamente para quienes la viven.





Y sin embargo, los romanos siguen teniendo sus espacios, lugares donde la ciudad todavía se siente profundamente romana, uno de ellos es Bar San Calisto, en pleno Trastevere, ahí no importa demasiado si eres extranjero, estudiante, jubilado o fanático de la Roma, todos terminan mezclándose. Hay algo muy particular en ese lugar, generaciones completamente distintas conviven de manera natural, señores que probablemente llevan décadas sentándose en la misma mesa observan cómo chicos jóvenes llenan la plaza hasta la madrugada.





Roma me dejó la impresión de una ciudad orgullosa de sí misma, orgullosa de su historia, de sus costumbres, de su identidad, pero al mismo tiempo, percibí una ciudad joven, viva, que intenta abrazar esa herencia sin quedarse atrapada en ella.


Más al sur, el ambiente cambia por completo.


Regiones como Campania y Sicilia tienen algo que, como latinoamericano, inmediatamente me hizo sentir familiaridad, hay una intensidad emocional distinta, la gente habla fuerte, ríe fuerte, discute fuerte, la calle tiene vida a cualquier hora, castillos aparecen intactos frente al mar, los mercados siguen funcionando como centros sociales, y siempre existe alguien dispuesto a iniciar una conversación contigo aunque apenas hablen el mismo idioma.





En Nápoles entendí eso perfectamente. Durante mi última visita conocí a Irene, una mujer maravillosa que me mostró su querida Partenope lejos de los recorridos turísticos habituales, caminamos por Mergellina al atardecer, los jardines de la Villa Floridiana con vistas hacia el golfo, y finalmente el Belvedere di San Martino de noche, con Nápoles entera bajo nuestros pies y una guitarra sonando.





Y fue extraño, porque por un momento sentí pertenencia.


No como turista intentando coleccionar fotografías, más bien como si la ciudad te permitiera entrar un poco en su ritmo, en su caos, en esa belleza que vuelve al sur italiano tan difícil de explicar.


A Irene la guardo como mi más bonito recuerdo de Nápoles. Porque el sur funciona así, aparece rápido, te consume emocionalmente y deja una sensación difícil de olvidar incluso mucho tiempo después.


En el norte, Italia vuelve a transformarse.


Ciudades como Turín o Milán muestran un país mucho más cosmopolita y acelerado, particularmente Milán, que funciona como el corazón financiero y corporativo de Italia, ahí el ritmo cambia de inmediato, las personas caminan rápido y la sensación general es la de una ciudad donde el tiempo vale dinero.


Pero incluso ahí aparecen destellos de esa Italia cálida que termina atrapándote.





Muchos de los amigos que he hecho durante mis viajes son del norte y puedo decir con tranquilidad que esa fama de frialdad desaparece bastante rápido una vez que compartes una copa de vino con ellos. Simplemente son distintos, más reservados al inicio, quizás más estructurados, pero increíblemente leales y generosos cuando logras entrar en confianza.





Y tal vez eso es lo que más me ha gustado descubrir viajando por Italia, no existe una sola manera de ser italiano.


Cada región tiene su propio ritmo, su propia sensibilidad, incluso su propia idea de hospitalidad. A veces basta tomar un tren de pocas horas para sentir que cambiaste completamente de país, cambia el acento, cambia la comida, cambia la energía de las calles y cambia la forma en que la gente se relaciona contigo.


Pero en todas partes termina apareciendo algo en común, esa capacidad tan italiana de convertir la vida cotidiana en algo que merece disfrutarse con calma, una conversación larga, una sobremesa eterna, una plaza llena al atardecer o una copa de vino compartida con alguien que hace dos horas era un desconocido.


Y probablemente por eso uno siempre termina queriendo volver.


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