MAQUIAVELO SIN NICCOLÒ
- Eduardo Montoya
- hace 5 días
- 2 Min. de lectura
Genoveva Corro
Según algunas fuentes, el término maquiavélico aparece mucho tiempo después de la publicación de Maquiavelo de El Príncipe y, aunque en la obra no se hacía ninguna referencia concreta a la maldad, el pueblo lo transformó en sinónimo de una persona astuta, manipuladora, sin escrúpulos y calculadora, condensando en una sola palabra el miedo y la fascinación ejercidos por el poder. A través de su propia interpretación, el pueblo se apropió del texto y leyó en él aquello que no estaba explícitamente escrito, pero que podía leerse entre líneas, pudiendo así atribuirle otro significado: darse cuenta de que los placeres del poder no son exclusivos de los gobernantes.

El epónimo logra nombrar lo indecible del poder, convirtiéndose en un significante maestro capaz de encerrar en sí mismo aquello que seduce y aterra, al mismo tiempo, del dominio, no solo en la política.

Las personas, al leer la obra, se reconocen en ella, fundiéndose con el autor en un adjetivo y transformándose en un atajo semántico para hablar de manipulación, un puente cultural que une literatura, política, ética y cultura popular, así como un concepto exportable, pues su aplicación se extiende a distintos ámbitos de la vida y no exclusivamente a la esfera política.

Indudablemente, Maquiavelo puso de relieve algo inquietante en su obra, el fin justifica los medios y, aunque nunca lo afirma explícitamente en sus escritos, el pueblo lo intuye: todo esto ocurre en el Estado, en la política, en las relaciones, en la vida cotidiana.

La herencia de esta excepcional palabra italiana, de un autor y de una obra italianos, es la de dar nombre a la dimensión oscura, calculadora y seductora del poder, a través de un tratado que muestra su funcionamiento en la política, en la literatura, en la vida misma, insinuando en todos nosotros una pregunta latente ¿quién teme más al maquiavelismo, la política o la cotidianidad?









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