Napolés: Cuestión de suerte
Llegamos a Spaccanapoli con una misión, descubrir por qué en Nápoles hay tantos amuletos en los escaparates y por qué todo el mundo se toma la suerte tan en serio. La primera pista apareció rápido: un cuernito rojo.
Se llama cornicello y lo vimos en collares, pulseras, dijes y llaveros. Es uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad y sirve para protegerse del malocchio, la mirada cargada de envidia a la que la tradición popular atribuye las desgracias. Viene de antiguas creencias mediterráneas que veían en los cuernos señal de fuerza, fertilidad y protección. Eso sí, en Nápoles tiene reglas propias, debe ser rígido, hueco, curvo y puntiagudo, y funciona mejor si alguien te lo regala, comprártelo tú mismo no es lo ideal.

Poco después llegamos a Vico del Fico al Purgatorio. Mientras cruzábamos el callejón, un muchacho se nos acercó con una frase que sonaba muy ensayada:
—Guagliò, vien', vien'…
Ven, muchacho, ven.
Y nos ofreció sal.
La escena era mitad ritual, mitad negocio callejero. Durante siglos se ha considerado que la sal purifica, aleja las influencias malignas y protege lugares y personas, y varias tradiciones la usan contra la mala suerte. No sabemos si lo del muchacho era un rito napolitano, así que mejor no asegurarlo, tomamos la sal y le dimos 4 euros. Lo que sí tiene sentido es que, en una ciudad tan atenta a la mala suerte, aceptar un puñado de sal parezca razonable.

A pocos pasos encontramos el busto de Pulcinella, la máscara del teatro popular napolitano. Es astuto, burlón y siempre sale adelante, representa al hombre común que enfrenta los problemas con ingenio y humor. Su nariz de bronce está pulida de tanto que la tocan, y se dice que trae fortuna a quien la frota. Claro que la frotamos. Uno puede ser escéptico, pero una oportunidad es una oportunidad.

También existe el monaciello, que significa "pequeño monje". Su historia me la contó mi guía mientras pasábamos por Mergellina, con los castillos a lo largo de la orilla del mar. Según me explicó, se trata de una pequeña entidad que, dicen, anda por todos los palazzos y castillos históricos de Nápoles cuidándolos.
Pero no se queda ahí, también se cree que aparece en las casas, esconde objetos, provoca pequeños desastres y a veces deja regalos. Nunca se sabe qué esperar. puede ser un fastidio o un benefactor.

Seguro explicaría las llaves que desaparecen, las monedas que nadie recuerda haber dejado en la mesa y esos sucesos que preferimos atribuir a algo más divertido que nuestra propia torpeza.
Cornicello, sal, Pulcinella y monaciello, cuatro formas distintas de lidiar con lo desconocido. No sé si alguna funciona, pero antes de irnos, volví a tocar la nariz de Pulcinella. Por si acaso.





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