top of page

ITALIA TIMES

italia-header.jpg

DANTE TIMES

Ferragosto

Quince de agosto. El pueblo entero se ha ido a la playa y yo me he quedado aquí, en esta terraza, mirando cómo el mar se pone de un azul que ya no es azul, sino otra cosa, algo que no tiene nombre en ningún idioma que yo conozca.



Ferragosto. Qué palabra tan rara, tan italiana, tan llena de sombrillas cerradas y persianas bajadas. Es el día en que hasta el tiempo parece tomarse vacaciones. Las calles del pueblo están vacías porque todos están abajo, en la orilla, quemándose la piel con la misma disciplina con la que antes se quemaban las horas.



Yo también estuve ahí. Hace tantos veranos que ya no sé si los recuerdo o los invento cada vez que los cuento. Estaba ese chico —¿cómo se llamaba?— que nadaba hasta la boya y volvía sin aliento, presumiendo de algo que a nadie le importaba. Estaban mis padres, más jóvenes que yo ahora, con esa risa despreocupada de quien todavía cree que el verano va a durar para siempre.


Porque eso es lo que uno cree a los quince años, ¿no? Que el verano es infinito. Que el mar va a estar siempre ahí, con esa manera suya de respirar despacio, subiendo y bajando como si el mundo entero durmiera una siesta eterna. Y entonces llega este día, el quince de agosto, la mitad exacta del verano, y sin darte cuenta empiezas a sentir esa tristeza rara, esa que no tiene nombre tampoco, la tristeza de saber que lo mejor de algo ya pasó aunque todavía no se haya terminado.



El Mediterráneo tiene esa costumbre cruel de quedarse igual mientras todo lo demás cambia. Mírenlo. Ahí está, con la misma luz de hace treinta años, con el mismo olor a sal, con las mismas gaviotas gritando cosas que nadie entiende. Y uno se sienta frente a él y piensa este mar ha visto a todas las versiones de mí. Al niño que no sabía nadar. Al adolescente que fingía no tener miedo. Al que se enamoró en una noche de agosto y creyó, como todos, que aquello también sería eterno.



Ferragosto es eso, ¿saben? No es una fiesta, ni una fecha en el calendario, no es una excusa para cerrar las tiendas. Es el momento exacto en que el verano se mira al espejo y empieza a despedirse de sí mismo. Todavía queda calor, todavía quedan noches largas, cenas afuera y ese cielo que tarda una eternidad en oscurecer del todo. Pero ya se siente. Ya se sabe. Como cuando alguien está a punto de irse y todavía no se ha ido, pero uno ya extraña su presencia por adelantado.


Y aun así —aun sabiendo que se acaba, que todo se acaba— uno vuelve. Cada año, cada agosto, volvemos a este mismo mar, a esta misma luz, a sentarnos frente al agua a extrañar los veranos que ya se fueron mientras vivimos el que todavía nos queda.


Quizás por eso el Mediterráneo es tan azul. Porque ha aprendido a guardar toda esa nostalgia sin que se le note. Porque sabe, mejor que nosotros, que la belleza de agosto está justamente ahí: en saber que se termina, y quedarse de todos modos a mirarlo.



 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación

Suscríbete para recibir novedades exclusivas

¡Gracias por suscribirte!

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES

  • Instagram
  • Facebook

¡Estudia en la institución más importante en el campo del fortalecimiento, promoción y difusión de la  lengua y cultura italiana en el mundo!

WhatsApp Image 2022-04-27 at 10.02.37 AM.jpeg
Copyright © Sociedad Dante Alighieri
bottom of page