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ITALIA TIMES

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DANTE TIMES

Italia, dos veranos

I. El verano que empieza después del trabajo


18 de julio


Hoy el despertador sonó a las seis y media, aunque durante unos segundos pensé que todavía estaba soñando. El calor ya había entrado por la ventana y en la calle se escuchaban las primeras motocicletas. En verano, el pueblo despierta antes que yo.


A las ocho ya estaba en el stabilimento balneare. Este es mi segundo trabajo del verano y, aunque a veces me pregunto cómo terminé teniendo dos empleos, sé perfectamente por qué lo hago. Necesito ahorrar. Así que, mientras otras personas comienzan sus vacaciones, yo comienzo mi jornada.


Paso buena parte del día atendiendo a los clientes, llevando bebidas, acomodando sombrillas y ayudando con las reservas de las tumbonas. Los turistas llegan con esa energía de quien está de vacaciones: quieren saber dónde comer, cuál es la playa más bonita y dónde pueden alquilar una tabla de surf. Yo intento responderles con una sonrisa, aunque algunas tardes lo único que quiero es sentarme cinco minutos y mirar el mar.


Afortunadamente, Rivazzurra está cerca.


Es nuestra playa favorita y, por alguna razón, todavía no se ha llenado de turistas. Luca y Giulia trabajan allí todo el verano. Tienen un pequeño bungalow desde donde venden bebidas y alquilan sombrillas y tablas de surf. Son pareja desde hace tres años y tienen esa clase de relación que hace pensar que quizá el amor también puede ser sencillo.


Esta tarde terminé mi turno a las seis. Matteo me estaba esperando cerca de casa.


—¿Rivazzurra? —me preguntó.


Ni siquiera tuve que responder.


Llegamos con Luca y Giulia justo cuando comenzaba a bajar el sol. Nos sentamos frente al mar, bebimos algo frío y hablamos de todo y de nada. Luca se quejó de un turista que había intentado negociar el precio de una sombrilla durante veinte minutos. Giulia se rio de él y nos contó que una niña había intentado llevarse una tabla de surf "porque pensaba que era gratis".


Matteo se sentó a mi lado y apoyó su cabeza sobre mi hombro.


Por momentos olvido que estoy cansada.


Los fines de semana son todavía más intensos porque doy clases particulares de inglés a niños de scuola elementare. Hay mañanas en las que paso de explicar los verbos irregulares a atender a turistas en cuestión de horas. Mi verano no se parece mucho a esas fotografías perfectas que aparecen en Instagram.


Pero esta noche, mientras caminábamos descalzos por la orilla, pensé que tampoco necesito que se parezca.


No tenemos dinero para viajar a Grecia ni para pasar semanas en una isla. Nuestro lujo es otro: conocer una playa tranquila, tener amigos cerca, cenar juntos cuando termina el trabajo y saber que alguien te está esperando al final de un día agotador.


Matteo me preguntó qué quería hacer mañana.


—Dormir —le dije.


Se rio.


Y creo que ese es exactamente mi plan.


Dormir hasta tarde, dar mis clases, volver al mar y encontrar alguna hora para sentir que también estoy de vacaciones.


Quizá eso sea el verano cuando eres joven y tienes que trabajar para construir la vida que quieres.


No siempre tienes todo el tiempo del mundo.


Pero todavía tienes el mar.




II. El verano que no sé con quién pasar


22 de julio


Hoy perdí el tren de las 7:18.


No debería ser algo importante, pero cuando trabajas en Milán y vives en Como, perder un tren puede cambiar completamente tu día. Llegué a la estación corriendo, con un café en una mano y el teléfono en la otra, intentando responder un correo antes de subir al siguiente.


A veces pienso que mi verano consiste en eso, trenes, correos electrónicos, reuniones y exposiciones.


Trabajo como curadora de arte en la Fondazione Prada y me encanta. Realmente me encanta. Es el tipo de trabajo que imaginaba cuando era estudiante, artistas, investigación, exposiciones.


También es un trabajo que ocupa absolutamente todo mi tiempo.


Por eso esta mañana, mientras veía pasar el paisaje desde la ventana del tren, pensé en Marta y Chiara.


Nos conocemos desde niñas. Vivíamos en el mismo vecindario y durante años nuestras vacaciones tuvieron siempre el mismo escenario, el Lago di Como.


Recuerdo aquellos veranos perfectamente. Pasábamos el día entero en el agua, llevábamos fruta, jugo y una cantidad absurda de protector solar. Algunas veces rentábamos una lancha y recorríamos las orillas del lago hasta encontrar algún lugar donde nadar. No necesitábamos reservar nada. No necesitábamos planearlo con semanas de anticipación.


Simplemente teníamos tiempo.


Ahora Marta y Chiara siguen haciendo muchas de esas cosas.


Yo casi nunca puedo acompañarlas.


Tengo otra vida ahora. Y en esa vida también están Francesca, Elisa y Valentina, mis amigas de la Fondazione Prada.


Con ellas todo es diferente.


Son cosmopolitas, viajan constantemente y tienen una manera mucho más espontánea de organizar sus vacaciones. La semana pasada Francesca propuso pasar unos días en Grecia. Valentina dijo que España podía ser mejor. Elisa ya estaba buscando vuelos antes de que termináramos de hablar.


Yo sonreí y dije que lo pensaría.


Pero todavía no sé qué quiero.


La verdad es que me siento dividida.


Por un lado, extraño profundamente la vida que tenía con Marta y Chiara. Extraño saber que una tarde cualquiera podía terminar en el lago. Extraño esa sensación de no tener que demostrar nada, de estar con personas que me conocen desde antes de que tuviera un currículum.


Pero también me gusta mi nueva vida.


Me gusta Milán. Me gusta mi trabajo. Me gusta sentarme con Francesca, Elisa y Valentina después de una exposición y hablar de todas las cosas que queremos hacer.


Y quizá por eso también me siento un poco culpable.


Esta noche hablé con Marta por teléfono. Me preguntó si este verano iríamos al lago como antes.


Le dije que sí.


Después me preguntó cuándo.


No supe qué responder.


Creo que ese fue el momento en que entendí cuál es realmente mi problema.


No estoy tratando de decidir entre Como, Grecia o España.


Estoy tratando de decidir qué parte de mi vida quiero conservar.


También pensé en el amor. No tengo novio y, sinceramente, no sé dónde podría encontrar tiempo para una relación. Pero me gustaría conocer a alguien algún día. No alguien que viva pendiente de ascender, ganar más o convertirse en el próximo ejecutivo de alguna multinacional.


Quiero alguien que sepa desconectarse.


Alguien que pueda decirme un viernes por la tarde: "Vamos al lago", y no "Tengo una reunión el lunes".


Tal vez este verano termine con Marta y Chiara.


O tal vez termine en un avión rumbo a Grecia con Francesca, Elisa y Valentina.


Todavía no lo sé.


Pero quizá crecer sea precisamente esto, descubrir que algunas personas llegan a tu vida para quedarse, mientras otras te recuerdan quién eras antes de convertirte en quien eres ahora.



 
 
 

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